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La IA y los trabajos de mierda: una oportunidad para dejar de fingir

La IA puede automatizar tareas sin sentido, pero también multiplicarlas. La oportunidad real es preguntarnos qué trabajo vale la pena hacer y cuidar a quienes lo hacen.

Hay una escena de oficina que me resulta demasiado familiar. Una persona prepara un informe para una reunión. En la reunión acuerdan pedir una versión más corta. Esa versión alimenta una presentación que nadie alcanza a leer antes de la siguiente reunión. Todos estuvieron ocupados. No está tan claro qué cambió.

Ahora imaginemos que una IA hace el informe, el resumen y las diapositivas en minutos. ¿Resolvimos el problema? ¿O simplemente conseguimos que el circuito dé más vueltas por hora?

Esa pregunta me devolvió a Bullshit Jobs, de David Graeber. El título es provocador y hasta puede sonar ofensivo. Pero la provocación no va contra las personas que trabajan. Va contra una forma de organizar el trabajo que les exige dedicar tiempo, inteligencia y una parte de su vida a algo cuya utilidad ni ellas mismas pueden defender.

Primero, no confundamos dos cosas

Graeber distinguía entre un trabajo duro, mal pagado o maltratado y un trabajo que la propia persona siente que no debería existir, aunque tenga que actuar como si fuera importante. Limpiar un hospital puede ser agotador y estar injustamente remunerado; eso no lo vuelve inútil. Al contrario, su valor se ve enseguida cuando nadie lo hace.

Tampoco alcanza con mirar una tarea aislada y declarar inútil a quien la realiza. Un formulario puede parecer absurdo hasta que descubrís que deja un registro necesario para proteger a alguien. Y una tarea realmente absurda puede ocupar solo una parte de un empleo valioso.

La tesis de Graeber sobre la cantidad de empleos sin sentido ha sido discutida por investigadores. Otros estudios encuentran apoyo parcial y señalan que la experiencia depende también de las condiciones laborales. No necesitamos resolver aquí ese debate para reconocer algo más cercano: casi todos hemos visto procesos que sobreviven porque siempre se hicieron así, porque alguien necesita mostrar actividad o porque nadie tiene permiso para preguntar si siguen sirviendo.

La promesa fácil: que lo haga una máquina

La IA parece ideal para hacerse cargo de cierto trabajo repetitivo: copiar datos entre sistemas, redactar borradores estándar, clasificar solicitudes, buscar información dispersa. Si esas tareas son necesarias pero tediosas, quitarlas de encima puede mejorar de verdad una jornada.

Pero hay una trampa. Automatizar una tarea no demuestra que debiera existir.

Si el informe que nadie usa se genera ahora en treinta segundos, seguirá siendo un informe que nadie usa. Peor todavía: como producirlo cuesta menos, quizá empecemos a pedir veinte. La IA puede liberar a una persona de una rutina o puede fabricar una nueva capa de correos, métricas y reuniones para supervisar lo que ella misma produjo.

Lo digo también por mí. Cuando una herramienta me ofrece hacer algo rápido, la tentación es aceptar antes de preguntarme si ese algo ayuda. La velocidad es seductora. El sentido requiere una pausa.

La pregunta anterior al prompt

Antes de automatizar un proceso, probaría con preguntas mucho menos tecnológicas:

  • ¿Quién usa este resultado y para decidir qué?
  • ¿Qué pasaría si dejáramos de producirlo durante un mes?
  • ¿Qué parte protege a alguien o cumple una obligación real, aunque desde afuera no se note?
  • ¿Qué parte existe solo para demostrar que estuvimos ocupados?
  • Si ahorramos tiempo, ¿la persona tendrá más autonomía, más aprendizaje o simplemente más tareas?

Las respuestas deberían incluir a quienes hacen el trabajo. Son quienes conocen los atajos, las excepciones y las razones por las que un procedimiento aparentemente absurdo sigue en pie. También saben cuánto pesa fingir entusiasmo por él.

Ese conocimiento no aparece completo en un diagrama de flujo ni en el historial de un chatbot.

La oportunidad no es borrar personas

Sería bastante cruel usar la idea de Graeber para decirle a alguien: «Tu empleo no sirve, así que una IA puede reemplazarte». La persona no inventó sola el puesto, necesita su ingreso y quizá está sosteniendo tareas valiosas que la descripción formal ni siquiera menciona.

Una oportunidad más interesante sería quitar burocracia sin quitar dignidad: rediseñar procesos con el equipo, dejar de exigir entregables de exhibición, mover capacidad hacia necesidades reales y compartir el beneficio del tiempo liberado. En algunos lugares eso podría significar mejor servicio. En otros, más espacio para aprender, cuidar o simplemente terminar la jornada sin agotamiento.

Nada de eso viene incluido en el modelo. Son decisiones de organización y, en última instancia, de poder. La IA puede mostrar con brutal claridad qué tareas sabemos automatizar. No puede decidir por nosotros qué merece existir ni cómo tratar justamente a quienes quedan en medio del cambio.

Quizá por eso la pregunta que más me interesa no es «¿cuántos puestos puede eliminar la IA?». Es esta: si podemos dejar de hacer una parte del trabajo vacío, ¿nos animamos a hacerlo, o vamos a usar la tecnología para producirlo más rápido?

Hace un tiempo exploré esta idea en un video del canal. Hoy la pregunta me parece incluso más urgente, y me gustaría saber qué tareas de tu trabajo pondrías sobre la mesa antes de automatizarlas.