Me gusta la pregunta que propone este título porque nos devuelve una parte de la iniciativa: ¿podemos hacer algo para que nos pasen más cosas buenas?
No podemos controlar todo. La vida trae circunstancias que no elegimos y días en los que las cosas sencillamente salen mal. Pero entre esperar que cambie nuestra suerte y pretender dominar cada resultado existe un espacio enorme. Ahí viven nuestras decisiones cotidianas.
Podemos cuidar dónde ponemos la atención, cómo nos hablamos, con quién compartimos el tiempo y qué hacemos con la energía disponible. Ninguna de esas decisiones obliga al mundo a respondernos como queremos. Juntas, sin embargo, nos vuelven más capaces de reconocer una oportunidad, crear un buen momento o dar el paso que veníamos postergando.
Ésa es la idea que me llevo de Cómo hacer que te pasen cosas buenas: una vida mejor no se espera solamente; también se prepara.
Y para empezar no hace falta cambiarlo todo. Alcanzan siete prácticas pequeñas que podés probar desde hoy.
1. Recuperá tu atención
La atención es uno de los recursos más valiosos que tenemos y, al mismo tiempo, uno de los que entregamos con mayor facilidad.
Podemos pasar una mañana entera respondiendo notificaciones, reconstruyendo conversaciones viejas o imaginando problemas que todavía no ocurrieron. Al final estamos agotados, aunque no sepamos muy bien qué hicimos.
El primer ejercicio es sencillo. De hecho, podés probarlo mientras leés: frená un momento, respirá tres veces y preguntate:
¿Dónde está mi atención ahora mismo?
Tal vez estés repasando algo del pasado. Tal vez anticipando el futuro. Recordar y planificar también son necesarios. La pregunta útil es si elegiste estar ahí o si tu mente se fue sin que lo notaras.
Volver al presente puede ser tan simple como sentir la respiración, mirar lo que tenés enfrente y decidir cuál es el próximo paso concreto.
Las prácticas de atención plena trabajan precisamente esa capacidad de volver al momento presente. No hace falta convertir este ejercicio en una sesión perfecta ni descargar una aplicación. Se trata de regresar, varias veces al día, a lo que realmente estás haciendo. Si querés profundizar, el Centro Nacional de Salud Complementaria e Integral de Estados Unidos ofrece una revisión prudente de la evidencia disponible.
2. Bajá la exigencia antes de pedirte motivación
A veces interpretamos el cansancio como una falla de carácter.
Pensamos que estamos perezosos, desmotivados o poco comprometidos cuando quizá llevamos días durmiendo mal, saltando de una tarea a otra y mirando el teléfono desde el momento en que abrimos los ojos.
Antes de exigirte más, hacé un chequeo amable de lo básico:
- ¿Dormiste lo suficiente?
- ¿Podés empezar el día sin mirar inmediatamente las notificaciones?
- ¿Estás intentando hacer una cosa o cinco al mismo tiempo?
- ¿Hace cuánto no descansás sin sentir culpa?
El sueño no es un premio que recibimos después de terminar todo. Es parte de la infraestructura con la que pensamos, sentimos y trabajamos. Los CDC resumen su importancia para la salud y el bienestar.
Hay días en los que avanzar consiste en insistir un poco más. Otros requieren recuperar energía. Aprender a distinguirlos también es disciplina, y quizá una forma bastante necesaria de tratarnos mejor.
3. Cerrá el día buscando tres cosas buenas
Al final del día, escribí tres cosas buenas que hayan ocurrido.
No tienen que ser extraordinarias. Puede ser una conversación, algo que aprendiste, una comida que disfrutaste, una tarea que por fin cerraste o cinco minutos de calma.
No se trata de negar lo malo ni de obligarte a sentir algo que no sentís. Su valor es más sencillo: entrenar la mirada para que aquello que salió mal no tape automáticamente todo lo demás.
Nuestra memoria del día puede quedar secuestrada por un correo desagradable aunque hayan ocurrido diez momentos amables alrededor. Escribirlos no borra el correo. Evita que sea el único narrador.
Después de una semana, releé la lista. Es posible que encuentres algo más valioso que siete días de recuerdos: un pequeño mapa de las personas, los lugares y las actividades que te hacen bien. Tal vez ahí haya una pista sobre qué merece más espacio en tu vida.
4. Cambiá la manera en que te hablás
La voz que más veces escuchás es la tuya. Y a veces le permitimos decirnos cosas que jamás le diríamos a alguien que queremos.
«Esto es un desastre.»
«Nunca me sale nada.»
«No sirvo para esto.»
No hace falta responderles con frases grandiosas que no creés. Probá con una versión más justa y precisa:
«Esto es incómodo y necesito resolverlo.»
«Todavía no encontré la forma.»
«Me equivoqué en esto; ahora tengo que entender por qué.»
Eso no es mentirte. Es separar un hecho de una condena.
Nombrar bien lo que ocurre reduce el tamaño del monstruo. Un proyecto puede haber salido mal sin que toda tu vida sea un desastre. Algo puede no salirte todavía sin que eso determine quién sos.
Hablarte con respeto no elimina la responsabilidad. Te permite asumirla cuidando a la persona que tendrá que levantarse y volver a intentarlo: vos.
5. Prestá atención a cómo te dejan las personas
Hay personas después de las cuales uno se siente más liviano, más curioso o con ganas de avanzar. Otras relaciones dejan cansancio, miedo o la sensación de estar siempre defendiéndose.
En el libro aparece la idea de las “personas vitamina”: vínculos que escuchan, inspiran y ayudan a recuperar energía.
Podés hacer una lista privada con dos preguntas:
- ¿Con quién suelo quedar mejor después de conversar?
- ¿Qué vínculos me dejan drenado de manera repetida?
No hace falta etiquetar rápidamente a nadie. Todos atravesamos malos momentos y toda relación valiosa exige esfuerzo. Mirá el patrón con honestidad: si hay respeto, reciprocidad y espacio para ser vos; si ese vínculo te ayuda a crecer o te obliga a achicarte.
La conexión social importa para la salud y el bienestar, como recoge el informe del Cirujano General de Estados Unidos sobre conexión social. Acercarte a quien te hace bien y poner límites donde hacen falta no es egoísmo. Es cuidar el entorno que también te está formando a vos.
6. Buscá sentido, no solamente ganas
No podemos sentir entusiasmo todo el tiempo. Si esperamos tener ganas antes de actuar, muchas cosas importantes quedarán para después.
El sentido ofrece otra clase de combustible.
Preguntate:
¿Qué cosas le dan sentido a mi vida hoy?
La respuesta puede ser cuidar a alguien, aprender, construir un proyecto, hacer bien tu trabajo, crear, enseñar o sostener una amistad. No tiene que ser una misión grandiosa ni permanente.
El sentido también cambia. Lo que organizaba tu vida hace cinco años quizá ya no lo haga. Por eso vale la pena volver a la pregunta.
Cuando una acción está conectada con algo que valoramos, no siempre se vuelve fácil. Se vuelve más fácil recordar por qué merece el esfuerzo.
7. Empezá el día con una pregunta mejor
Antes de mirar lo que otros esperan de vos, preguntate:
¿Qué puedo hacer hoy para aumentar las posibilidades de que ocurra algo bueno?
La respuesta podría ser enviar ese mensaje que venís pensando, terminar una tarea pendiente, salir a caminar, pedir ayuda, publicar una idea, llamar a alguien o descansar a tiempo.
Me gusta la pregunta porque no dice «¿qué cosa buena me tiene que pasar?». Te devuelve una parte de la iniciativa.
Muchas oportunidades parecen suerte cuando las miramos desde afuera. Pero antes suele haber alguien que aprendió una habilidad, mostró su trabajo, inició una conversación o se presentó una vez más. No controló el resultado. Estuvo en movimiento cuando apareció.
Probalo durante una semana
No lo conviertas en otro examen que tengas que aprobar. Elegí una semana y probá este esquema con curiosidad:
- Por la mañana, elegí una acción que pueda abrir algo bueno.
- Durante el día, recuperá tu atención cuando notes que se dispersó.
- Hacé una cosa por vez siempre que puedas.
- Corregí una frase cruel de tu diálogo interno.
- Buscá al menos un contacto genuino con otra persona.
- Por la noche, anotá tres cosas buenas.
Después observá qué cambió. No preguntes solamente si ocurrieron más cosas agradables. Fijate si estuviste más presente, si cuidaste mejor tu energía, si hablaste con alguien que extrañabas o si hiciste algo que antes habrías postergado.
Puede que la semana no cambie tu vida. Pero quizá cambie una mañana, una conversación o una decisión. Y muchas veces las etapas buenas empiezan de esa forma: con un movimiento pequeño que abre el siguiente.
No es magia ni una manera de responsabilizarte por todo lo que escapa de tus manos. Si estás atravesando ansiedad, depresión, agotamiento u otro problema de salud, estos ejercicios tampoco reemplazan la ayuda profesional. Son una forma cercana de participar, con lo que tenés hoy, en la construcción de algo mejor.
Las cosas buenas a veces llegan por azar. Otras nos encuentran porque cuidamos nuestra energía, levantamos la mirada y nos animamos a dar un paso. Hoy puede ser un buen día para dar uno.
Podés ver estos ejercicios en un formato más directo y contarme cuál vas a probar primero en el video original de YouTube.